Textos: José Manuel Fajardo
Arriba:
Valeria Luiselli, México. Nacida en 1983.
Alberto Ruy Sánchez, México. Nacido en 1951. Premio Mazatlán.
Margarita de Orellana, Italia. Nacida en 1950.
Abajo:
Annie Ernaux, Francia. Nacida en 1940. Premio Nobel de Literatura.
Louis-Philippe Dalembert, Haití. Nacido en 1962.
No hay tema más adecuado que el de las fronteras para cerrar o abrir, según se mire, esta exposición fotográfica sobre la interrelación entre las literaturas americanas y europeas. Un tema trágicamente presente en la realidad de hoy y en la literatura de nuestra época, asociado al fenómeno de la emigración y al drama que tantas veces lo acompaña. Sobre niños migrantes indocumentados ha escrito precisamente, en “Los niños perdidos. Un ensayo en 40 preguntas”, la mexicana Valeria Luiselli, quien también franqueó otras fronteras viajando literariamente a Venecia o Ciudad de México, en su ensayo “Papeles falsos”.
Por muy vigilada que esté una frontera política, las lenguas siempre la atraviesan. No hay herramienta más poderosa para borrar culturalmente las fronteras que la traducción. Bien se puede decir que la nuestra es una civilización de traductores, sin ellos ni la Biblia, ni el pensamiento de Aristóteles habrían llegado hasta nosotros. Pero hay también lenguas que identifican comunidades humanas más allá de las fronteras. Así, la lengua vasca o la catalana se hablan tanto en España como en Francia, y el guaraní, tanto en Paraguay como en Bolivia o Argentina. Igual sucede con las lenguas náhuatl, habladas lo mismo en Guatemala que en México, donde la pareja formada por el escritor Alberto Ruy Sánchez y la historiadora Margarita de Orellana lleva décadas defendiendo el legado de las culturas náhuatl a través de numerosos ensayos y de la revista Artes de México, siempre en diálogo con las literaturas del otro lado del océano, como la francesa o la marroquí.
Sin embargo, hay una primera frontera imposible de abolir: la frontera del Yo, la de la propia piel. La que nos limita como individuos. La memoria de ese Yo, de la experiencia individual, es el gran tema de la escritora francesa Annie Ernaux, en libros como “El acontecimiento”, donde habla de su aborto, o “No he salido de mi noche”, donde reflexiona sobre la enfermedad de Alzheimer de su madre. Y sobre el peso que nuestra frontera corporal, nuestra propia piel, puede tener en cómo nos ven los otros y en cómo hay fronteras políticas y sociales que se abren o cierran, en función de los prejuicios, ha escrito el haitiano Louis-Philippe Dalembert, en novelas como “La otra cara del mar”.
Valeria Luiselli, México. Nacida en 1983.
Alberto Ruy Sánchez, México. Nacido en 1951. Premio Mazatlán.
Margarita de Orellana, Italia. Nacida en 1950.
Abajo:
Annie Ernaux, Francia. Nacida en 1940. Premio Nobel de Literatura.
Louis-Philippe Dalembert, Haití. Nacido en 1962.
No hay tema más adecuado que el de las fronteras para cerrar o abrir, según se mire, esta exposición fotográfica sobre la interrelación entre las literaturas americanas y europeas. Un tema trágicamente presente en la realidad de hoy y en la literatura de nuestra época, asociado al fenómeno de la emigración y al drama que tantas veces lo acompaña. Sobre niños migrantes indocumentados ha escrito precisamente, en “Los niños perdidos. Un ensayo en 40 preguntas”, la mexicana Valeria Luiselli, quien también franqueó otras fronteras viajando literariamente a Venecia o Ciudad de México, en su ensayo “Papeles falsos”.
Por muy vigilada que esté una frontera política, las lenguas siempre la atraviesan. No hay herramienta más poderosa para borrar culturalmente las fronteras que la traducción. Bien se puede decir que la nuestra es una civilización de traductores, sin ellos ni la Biblia, ni el pensamiento de Aristóteles habrían llegado hasta nosotros. Pero hay también lenguas que identifican comunidades humanas más allá de las fronteras. Así, la lengua vasca o la catalana se hablan tanto en España como en Francia, y el guaraní, tanto en Paraguay como en Bolivia o Argentina. Igual sucede con las lenguas náhuatl, habladas lo mismo en Guatemala que en México, donde la pareja formada por el escritor Alberto Ruy Sánchez y la historiadora Margarita de Orellana lleva décadas defendiendo el legado de las culturas náhuatl a través de numerosos ensayos y de la revista Artes de México, siempre en diálogo con las literaturas del otro lado del océano, como la francesa o la marroquí.
Sin embargo, hay una primera frontera imposible de abolir: la frontera del Yo, la de la propia piel. La que nos limita como individuos. La memoria de ese Yo, de la experiencia individual, es el gran tema de la escritora francesa Annie Ernaux, en libros como “El acontecimiento”, donde habla de su aborto, o “No he salido de mi noche”, donde reflexiona sobre la enfermedad de Alzheimer de su madre. Y sobre el peso que nuestra frontera corporal, nuestra propia piel, puede tener en cómo nos ven los otros y en cómo hay fronteras políticas y sociales que se abren o cierran, en función de los prejuicios, ha escrito el haitiano Louis-Philippe Dalembert, en novelas como “La otra cara del mar”.
José Manuel Fajardo